Una vieja maquinilla de afeitar

Ayer, haciendo recogida en mis cosas del cuarto de baño, me encontré con una vieja maquinilla de afeitar que ya no uso. De las primeras que he tenido. La conservaba guardada en un cajón junto a cosas que no utilizo habitualmente (protección solar, after-sun, …) y al cogerla, esbocé una ligera sonrisa…

No es que esté loco, ni que tenga el Síndrome de Diógenes -aunque a veces aparente ambas cosas-, sino que uno de mis defectos es asociar sentimientos a los objetos. En este caso, la vieja maquinilla se parecía mucho a una que utilizaba mi padre hace todavía más años. Unos quince o dieciséis, sino más.

Recuerdo que algunas tardes de domingo, de cuando en vez, mi padre la cogía para arreglarme las patillas (se sobreentiende que no de barba ;-) ) y en ese momento me sentía todo un hombretón-a pesar de mis escasos diez años-.

Incluso después de limpiarme la cara, solía quedarme un ligero y fresco aroma de gel de afeitar, lo que provocaba en mí un sentimiento de “niño grande” todavía mayor.

Nunca había querido tirarla por las sensaciones que me traía, pero llegó el momento de seguir mirando hacia adelante y disfrutar los momentos que vendrán. Al fin y al cabo, soy consciente de que no necesito ningún objeto para recordar los momentos especiales, ya que se quedan grabados en la memoria sin saber cómo…

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