La importancia de (saber) estar solo

La soledad es uno de los miedos más comunes. Lo podemos sentir a cualquier edad, en cualquier momento, y me atrevería a decir que casi cualquier ser vivo tiene esa extraña sensación cuando no se siente acompañado o teme no estarlo en un futuro.

La verdad, nunca he investigado al respecto. Quizás solo sea un instinto de supervivencia que los humanos seguimos teniendo. Los pájaros vuelan en bandadas, los leones viven en manadas, y los peces se agrupan en grandes bancos para sentirse más seguros. Por instinto o por lógica, todos ellos saben que la unión hace la fuerza.

Yo también he tenido ese miedo muchas veces, pero tiempo después he aprendido lo importante que es (saber) estar solo.

Pasamos demasiado tiempo escuchando a los demás, sea en persona o a través de medios tecnológicos. La televisión es un claro ejemplo, incluso al extremo de que mucha gente llega a casa y la enciende para escuchar voces y así calmar esa sensación. No podemos olvidarnos tampoco del enganche generalizado de la gente con las redes sociales, y su necesidad obsesiva de comunicarse con los demás a cada instante me parece agotador. Vivimos en un límite psicológico y sociológico estresante, en el que apenas encontramos tiempo para escucharnos y prestarnos atención a nosotros mismos.

Necesitamos estar en contacto con todo el mundo a todas horas. Vivimos pegados al teléfono como si perdernos un WhatsApp fuera imperdonable, si no responder una llamada fuera un drama y no estar en el “ajo” social durante unas horas te dejara “obsoleto”.

Hoy, sin ningún plan aparente, he decidido dedicarme el día a mí. He tocado la guitarra durante media hora, hasta que me he puesto en marcha para darme una ducha relajante mientras sonaba de fondo el álbum de “The Lumineers” (por cierto, lo recomiendo totalmente).

Más tarde, bajé a la calle sin reloj a comprar algunas cosas que necesito, dándole prioridad a pasear y disfrutar del camino. Los semáforos han sido un motivo para detenerme y observar a mi alrededor en lugar de apurar el paso para “competir” contra el temporizador digital que cuenta cuántos segundos faltan para que se ponga en rojo. El viento fresco en los brazos descubiertos y el sol en la cara, me ayudaron a encontrarme dentro de mí mismo al tiempo que nadaba en una oleada de camisetas y banderas celestes que se dirigían al estadio con niños de escasos 3 años con la cara pintada y trompetitas en sus manos.

Deberíamos aprender a estar solos, dedicarnos tiempo, escucharnos y hablar con nosotros mismos. Pensar en dónde estamos y en dónde nos gustaría estar. Diseccionar lo que nos gusta y lo que queremos cambiar. En definitiva, buscar la mayor felicidad.

Así que he llegado a casa con una sola duda en mi cabeza: ¿por qué no nos esforzamos por hacer que nuestro mundo siga su ritmo y no el que nosotros le queremos imponer?

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